Históricamente acariciamos la ilusión del genio individual y creímos que con él bastaba para conquistar el mundo. Borges dedicó un ensayo a rastrear una vieja metáfora: la esfera de Pascal, la de un universo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna. Esa imagen teológica es hoy la definición más exacta de la economía digital. El centro ya no vive en una empresa ni en un producto. Está en cada nodo de la red: en cada desarrollador, cada proveedor y cada usuario.
Alejandro Canonero comprende esa dinámica en La guerra de los ecosistemas. Los gigantes tecnológicos ya no compiten por imponer un producto deslumbrante: compiten por construir el entorno más plural, sólido y conectado. La tesis desarma la vieja idea de la competencia como aniquilación. El arma decisiva no es destruir al adversario, sino multiplicar las alianzas.
Esa es, para mí, la idea central, y la razón por la que vale la pena leerlo. Un ecosistema es la trama de empresas, universidades, talento y conocimiento que se necesitan unas a otras. Su lógica más sutil tiene nombre, coopetencia: competir y cooperar a la vez, muchas veces con los propios rivales. No es una contradicción. Es el rasgo más propio de una economía donde el valor no sale de la tierra ni se hereda de las ventajas naturales, sino que nace de las ideas.
La inteligencia artificial es hoy el frente más visible de ese cambio. Es, en el sentido de Schumpeter, destrucción creativa: una fuerza que derriba lo viejo y levanta lo nuevo. Por eso la respuesta no puede ser el repliegue. En medio de ese vendaval no sobrevive el que se aísla, sino el que sabe integrarse. A ese desafío, Canonero le ofrece algo que escasea: un mapa. No promete atajos. Combina la investigación rigurosa con la experiencia de quien estuvo en el terreno, y traduce un mundo que muchas veces parece cifrado —la nube, el software, los marketplaces, la inteligencia artificial— a un lenguaje que cualquier lector puede seguir y aprovechar.
Su mirada invita también a pensar nuestro país. En Argentina estamos mejor parados de lo que solemos creer. Pocos conocen la crisis como nosotros, y de esa gimnasia, la de quien se reinventa para subsistir, nació una creatividad singular. Tenemos el insumo más escaso y codiciado de esta era, el talento, ese mismo que tantas veces exportamos por no ofrecerle un suelo fértil donde echar raíces.
La Ciudad de Buenos Aires parte con ventaja: más de 40 universidades abastecen de profesionales a un sector que ya exporta USD 9.600 millones al año, el tercer complejo exportador del país, y su microcentro se reconvierte en un polo de tecnología y conocimiento. Pero ninguna ciudad crece sola. El papel del Estado es doble: orquestar y crear las condiciones. Reglas claras, horizontes de largo plazo, confianza para invertir y articulación entre el sector privado, las universidades y el sistema científico. Su tarea es encender los animal spirits, ese impulso que lleva a arriesgar, a invertir, a crear.
Canonero nos recuerda algo simple: el aislamiento es estancamiento. El verdadero triunfo en la guerra de los ecosistemas pertenece a quienes entienden que el progreso, en su forma más alta, es siempre una obra colectiva.
Hernán LombardiMinistro de Desarrollo Económico de la Ciudad de Buenos Aires