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Capítulo 8 de 13

Capítulo 8. El talento que se va y el que vuelve

Desde una noche de 1966 la Argentina forma cerebros y los exporta. El talento no se pierde cuando se va: se pierde cuando el país corta el hilo. Y el hilo empieza mucho antes de la facultad, en la matemática de cuarto grado y en las 1.675 escuelas técnicas que ya están construidas.

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Capítulo 08 · lectura y escucha

Capítulo 8. El talento que se va y el que vuelve

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  1. 01Capítulo 1. ¿Por qué ahora?
  2. 02Capítulo 2. Las piezas sobre la mesa
  3. 03Capítulo 3. Energía abundante no es energía útil
  4. 04Capítulo 4. Del anuncio a la realidad
  5. 05Capítulo 5. Alojar no es ser dueño
  6. 06Capítulo 6. De la energía a la inteligencia
  7. 07Capítulo 7. Las reglas del juego
  8. 08Capítulo 8. El talento que se va y el que vuelve
  9. 09Capítulo 9. Seis columnas, seis misiones
  10. 10Capítulo 10. Chacabuco primero
  11. 11Capítulo 11. Nodo del mundo hispanohablante
  12. 12Capítulo 12. Las siete decisiones
  13. 13Capítulo 13. La orquesta, el equipo y el portaaviones

Desde una noche de 1966 la Argentina forma cerebros y los exporta. El talento no se pierde cuando se va: se pierde cuando el país corta el hilo. Y el hilo empieza mucho antes de la facultad, en la matemática de cuarto grado y en las 1.675 escuelas técnicas que ya están construidas.

Buenos Aires, 29 de julio de 1966, de noche

Un mes después de un golpe de Estado, un decreto puso a las universidades bajo control del gobierno. Esa noche la policía entró a la Facultad de Ciencias Exactas, en la calle Perú, donde profesores y estudiantes se habían reunido en protesta. Los sacaron a golpes, en fila, entre dos hileras de policías con bastones. Hubo cientos de heridos y unos cuatrocientos detenidos.

Entre los golpeados estaban el decano, Rolando García, y el vicedecano, Manuel Sadosky, el hombre de Clementina. Un profesor visitante del MIT, Warren Ambrose, escribió al día siguiente una carta al New York Times: "nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados que nos pegaban con palos o culatas de rifles. Ninguno de nosotros estaba armado. Nadie ofreció resistencia".

En la primera semana de agosto renunciaron 1.378 docentes de la Universidad de Buenos Aires, 391 solo en Exactas. Emigraron 301 profesores, 215 de ellos de Ciencias Exactas y Naturales; el Instituto de Cálculo, el equipo de Clementina, renunció completo: setenta personas. La máquina dejó de funcionar en 1971. Sadosky volvió a la función pública diecisiete años más tarde, en 1983, como secretario de Ciencia y Técnica. La Argentina formó a esa gente. Chile, Venezuela, Brasil y México se la quedaron [100] [22] [101].

En una frase. Los países que ganaron con su diáspora no la retuvieron: la mantuvieron conectada y le dieron una razón concreta para empujar desde afuera o para volver. Y antes de eso, arreglaron la escuela.

El semillero empieza en cuarto grado, no en la facultad. Ningún país fabricó inteligencia sin arreglar antes la matemática de la escuela, y ahí la Argentina viene perdiendo terreno hace veinte años.

La discusión pública sobre inteligencia artificial empieza casi siempre por el final: qué chip, qué centro de datos, qué modelo. El principio está mucho más atrás y es menos vistoso: un chico de quince años que tiene que poder leer un gráfico, estimar un orden de magnitud y seguir un razonamiento de tres pasos sin perderse.

Ahí está el problema. En las pruebas PISA de 2025, difundidas por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, tres de cada cuatro estudiantes argentinos de quince años quedaron por debajo del nivel mínimo en Matemática, contra dos de cada tres en 2006. Y hay un número que resume todo mejor que cualquier otro: menos de uno de cada doce alcanza el umbral mínimo en las tres materias a la vez. Es el peor resultado argentino en casi dos décadas. No es una caída de la pandemia. Es una pendiente de veinte años. No hace falta llegar a Singapur. Alcanza con algo más modesto y más urgente: que la mitad de los chicos alcance el nivel mínimo, porque es el piso desde el cual se forma un técnico en datos, un ingeniero o un investigador. [102]

Y acá está el activo que nadie cuenta. La Argentina tiene 1.675 escuelas secundarias técnicas, casi todas estatales, con más de setecientos mil estudiantes según datos de 2020: casi uno de cada cinco chicos del secundario. Con la formación profesional y las tecnicaturas superiores, la educación técnico profesional pasa del millón de estudiantes. Esa red ya tiene talleres, tradición de trabajo práctico y contacto con empresas. El edificio está. Falta el contenido y falta el puente.

La pendiente que no se puede aceptar. Veinte años de retroceso en el área de la que la Argentina estaba más orgullosa. Este capítulo la convierte en una meta con fecha.

Lo digo con las palabras que corresponden. Estoy enojado, decepcionado e indignado con lo que se le hizo a la educación argentina. No con los docentes ni con los chicos: con los que decidieron, durante veinte años y con todos los colores políticos, que el retroceso era tolerable. La escuela pública fue durante un siglo el orgullo del país y la razón por la que un hijo de inmigrantes o el hijo de una madre con dos turnos podía llegar a cualquier parte. En 1996 la Argentina era la segunda de América Latina en una comparación de la UNESCO; en 2019 era la undécima [103]. Eso no pasó por mala suerte. Pasó porque nadie puso la cifra en un tablero y se hizo responsable de ella.

Los números, en su serie comparable. En Matemática, 379 puntos en 2018, 378 en 2022 y 367 en 2025, el peor dato de la serie; los que no llegan al nivel mínimo pasaron del 64 por ciento en 2006 al 69 en 2018, 73 en 2022 y 76 en 2025. En Lectura, de 402 puntos en 2018 a 389 en 2025. En Ciencias, de 406 en 2022 a 393 en 2025. El promedio de los países de la OCDE en 2025 fue de 463 en Matemática, 461 en Lectura y 482 en Ciencias. Uruguay sacó 405 en Matemática; Chile, 403; Costa Rica, 387; México, 388; Brasil, 377. La Argentina quedó octava entre trece países de la región en las tres materias [102]. Un país que quiere fabricar inteligencia y deja que tres de cada cuatro chicos de quince años no puedan leer un gráfico no tiene un problema de chips. Tiene un problema de prioridades.

Por eso esta propuesta fija una meta, con nombre, cifra y fecha, y la pone a la misma altura que el piloto de 50 megavatios. Se llama Meta Cero Retroceso.

  1. La meta. En PISA 2029 la Argentina vuelve como mínimo a los 379 puntos de 2018 en Matemática y baja del 76 al 69 por ciento los estudiantes por debajo del nivel mínimo; en PISA 2032, menos del 60 por ciento debajo del nivel mínimo y 400 puntos, que es donde están hoy Uruguay y Chile. Es una meta modesta al lado de Singapur y enorme al lado de la pendiente actual: es dar vuelta veinte años en seis.
  2. La medición. No se espera a PISA. Las pruebas Aprender del Ministerio de Educación se toman todos los años en Matemática y Lengua, con la misma escala, y se publican por provincia y por escuela con su nombre, en un tablero al lado del de las siete decisiones. Lo que no se publica no se corrige.
  3. Los medios ya están en este libro. El núcleo de matemática de cuarto grado con formación docente paga y puntaje acordado con las provincias; las veinte escuelas técnicas del primer año con línea de base medida; el tutor en castellano probado con ensayo controlado en cincuenta escuelas, como el de Nigeria, que en seis semanas rindió lo que casi dos años de aprendizaje; y la asistencia como primer indicador, porque la OCDE señala la asistencia baja entre las causas de la caída.
  4. El dueño. Un responsable con nombre en el Ministerio de Educación y uno por provincia, con la misma regla que la Mesa del Cruce: el tablero se publica cada trimestre aunque esté en rojo.
  5. La consecuencia. Si en 2029 la cifra no mejoró, la respuesta no es cambiar la meta. Es cambiar a los responsables.

Esta meta no compite con el Cruce: es su condición. Cada megavatio que se convierta en inteligencia va a necesitar a un chico que hoy tiene doce años y está en sexto grado. Lo que se haga con él este año y el que viene decide si en 2035 opera el centro de datos o mira desde afuera cómo lo operan otros.

El error de medir solo la fuga. La conversación argentina sobre el talento tiene una sola palabra: fuga. Es la pregunta equivocada.

Casi no hay datos. No existe una serie histórica completa de emigración argentina: Naciones Unidas cuenta 1.183.381 personas nacidas en la Argentina que vivían fuera del país a mediados de 2024. La Jefatura de Gabinete estimó en noviembre de 2024 que entre 2013 y 2023 emigraron 1,8 millones. Aclaró que ese número sale de multiplicar por cuatro el padrón electoral en el exterior, porque no hay registro consular obligatorio ni cruce de entradas y salidas. Las dos cifras miden cosas distintas y por eso no se pueden restar. Nadie sabe cuántos tienen título universitario ni cuántos son científicos. Un país que no cuenta a su diáspora no puede usarla.

Y la fuga no es el problema: es el síntoma. La gente se va cuando adentro no hay proyecto a su escala. Se queda, o vuelve, cuando lo hay. Lo que la Argentina ya intentó lo confirma. El programa Raíces, creado en 2003 y convertido en ley en 2008, repatrió cerca de cien investigadores por año: unas mil trescientas personas en quince años contra una diáspora de más de un millón. Buen programa, número modesto. Hay algo mejor y más barato: las redes. El mismo programa mantiene redes de científicos argentinos en veinticinco países. En 2026 una fundación privada lanzó una red de la diáspora latinoamericana en inteligencia artificial, y la cancillería presentó un nodo tecnológico argentino en Nueva York. Son semillas. Ninguna tiene todavía un mandato claro, un presupuesto ni una meta [104].

¿Quién lo hizo bien? India abrió puertas desde afuera. Taiwán y Corea hicieron volver. Alemania construyó el puente entre la escuela y el trabajo.

1. India es el caso más grande de la historia. Para 1998, en Silicon Valley había 774 empresas tecnológicas dirigidas por indios. Esa gente no volvió en masa: abrió puertas desde afuera. En 2024 India fue el mayor receptor de remesas del mundo, con unos 129.000 millones de dólares [105] [106].

2. Taiwán es el caso de retorno. Su parque científico de Hsinchu abrió en 1980; a comienzos de esa década volvían desde Estados Unidos menos de diez ingenieros por año y en los noventa, trescientos cincuenta, que fundaron más del cuarenta por ciento de las empresas del parque. Uno de ellos, Morris Chang, había pasado veinticinco años en Texas Instruments; se mudó a Taiwán en 1985 y en 1987 fundó la empresa que hoy fabrica los chips más avanzados del mundo. Corea del Sur midió su retorno con precisión: de sus doctores formados en Estados Unidos volvió menos del veinte por ciento de los graduados en los sesenta y el 68 por ciento de los graduados en los ochenta. No volvieron por patriotismo. Volvieron porque para los ochenta Corea tenía fábricas y laboratorios donde usarlos [107].

3. Los incentivos individuales, en cambio, mueven poco. China reclutó entre siete y ocho mil científicos con su programa de los Mil Talentos desde 2008. Fue un "éxito módico", según David Zweig, el académico que más lo estudió, aunque un estudio publicado en Science en 2023 encontró que el programa para jóvenes reclutó científicos de alta productividad. Lo que funcionó fue el retorno masivo de estudiantes, 6,44 millones entre 1978 y 2024, porque el país había crecido. Malasia ofrece desde 2011 un impuesto reducido a quien vuelva. Una evaluación del Banco Mundial de 2016 encontró que el programa aumentó unos cuarenta puntos la probabilidad de retorno de quienes ya tenían una oferta de trabajo. En quienes no la tenían no tuvo efecto medible; el promedio sobre todos los solicitantes fue de once puntos. El incentivo empuja al que ya tiene adónde volver [108] [109] [110] [111].

4. Y el puente entre la escuela y el trabajo tiene un molde viejo. Alemania sostiene su formación dual con más de 1,2 millones de jóvenes en programas de aprendizaje, sobre más de trescientos oficios reconocidos por el Estado: tres o cuatro días en la empresa, uno o dos en la escuela, y un título que vale en todo el país porque el contenido está estandarizado. Para el tramo universitario, Estados Unidos ordenó con una sola ley, en 1980, quién es dueño de lo que se inventa con fondos públicos y habilitó a las universidades a licenciar y crear empresas [112].

5. Y hay un caso más, el más barato de todos. Finlandia decidió que la alfabetización en inteligencia artificial no era un posgrado sino un curso corto y gratis para cualquiera. Lanzó Elements of AI y se puso una meta verificable: formar al uno por ciento de los ciudadanos de la Unión Europea. A mayo de 2021 tenía más de seiscientos sesenta mil inscriptos en todo el mundo, cerca del 16 por ciento había completado el curso, y el curso estaba disponible en veintiún países del bloque. En Finlandia lo completó cerca del dos por ciento de la población. Un país de cinco millones y medio de habitantes convirtió un curso en política exterior. La Argentina tiene la infraestructura educativa para hacer lo mismo en castellano [113].

El embudo que nadie mira: los que entran y los que no salen. No faltan ingresantes. Faltan egresados. Y el motivo es incómodo: consiguen trabajo antes de terminar.

Entre 2010 y 2019 los egresados de computación, sistemas e informática cayeron casi un cuarto, mientras Comunicación Social creció más del cuarenta por ciento. En números absolutos, el país recibe cuatro contadores por cada profesional de computación. No falta gente que quiera empezar: falta gente que termine [114].

La causa más mencionada es una paradoja: la salida laboral temprana. El estudiante de tercer año consigue un trabajo bien pago, el trabajo le come el tiempo de estudio y la carrera queda a mitad de camino. Es el pibe de las inferiores al que llaman de primera antes de que termine de formarse: se va, y el club que lo formó no lo retuvo.

De ahí sale una decisión de diseño: títulos intermedios. Que a los dos años el estudiante tenga un título que valga en el mercado y pueda seguir estudiando mientras trabaja, en lugar de elegir entre las dos cosas. Varias universidades argentinas ya lo hacen. Es más barato que cualquier beca y arregla el embudo por donde se pierde el talento antes de que se vaya del país.

Y hay una segunda brecha, la que separa lo que la empresa instala de lo que la gente sabe usar. La adopción de herramientas corre más rápido que la capacitación, en la Argentina y en todas partes. Esa brecha, y no la falta de tecnología, es lo que frena la productividad: una empresa puede comprar la licencia en una tarde, y formar a su gente le lleva un año.

¿Qué lo frena? Tres obstáculos: la parrilla que no sirve sushi, el hijo que no vuelve para Navidad y la dieta sin balanza.

Pedirle a la parrilla del barrio que sirva sushi el lunes. El local está, las mesas están, el cocinero no. El cuello de botella de las escuelas técnicas no son las computadoras ni los programas: son los profesores de matemática y computación formados y con motivos para quedarse en el aula. Hoy el mismo egresado puede cobrar mucho más escribiendo software para el exterior. Cómo se destraba: un programa nacional de formación docente pago y con puntaje, acordado con las provincias.

El hijo que se fue a estudiar afuera y manda fotos, pero no vuelve para Navidad. La nostalgia como política es pedirle a la gente que vuelva sin tener adónde. Corea y Taiwán lo demuestran: primero el laboratorio, después el llamado. Cómo se destraba: no pedir que vuelvan; pedir una puerta abierta por año desde donde estén.

Sin balanza no hay dieta. Si no se mide, cada gobierno declara que mejoró. Hoy no hay tres indicadores fijos de escuela, retorno y puertas abiertas que se publiquen todos los años con la misma vara. Y si la meta es "cuántos volvieron", se gasta plata en pocos; si la meta es "cuántas puertas abrió la diáspora", se mide lo que importa. Cómo se destraba: un tablero público que cuente puertas, no personas, y egresados, no anuncios.

Cómo lo calculamos: Las dos cuentas propias de este capítulo están enteras en el Anexo de cálculos: cálculo 12, cuántos técnicos en datos saldrían por año, y cálculo 13, el programa de retorno contra el tamaño de la diáspora.

Cuaderno de campaña

Londres, 2002. El año después de irme.

Yo soy un dato de esta estadística. La Introducción cuenta por qué me fui; acá importa lo que pasó después. Recién llegado a Londres, fui miembro fundador de una asociación de profesionales argentinos en el Reino Unido. Lo hicimos porque no había ninguna. Un puñado de personas que se juntaban a ayudarse a conseguir trabajo, a entender el sistema, a no sentirse solas. Eso, multiplicado por miles y con alguien que lo organice, es lo que hicieron India y Taiwán a escala de país. No es caridad ni nostalgia. Es una red que ya está armada, con gente en todas las capitales del mundo que sabe cómo funciona cada sistema, y a la que nadie llama.

Lo que sé de formar gente no lo aprendí en una oficina. Lo aprendí en lo que hice gratis: entrenar atletas de Ironman, dirigir grupos de Scouts, servir en defensa civil. Nada de eso pagaba. Todo enseñaba. Cada uno de esos roles deja una sola pregunta en pie: ¿la gente que tenés enfrente está mejor que cuando la encontraste? Esa es la única medida de un líder, y es la que le propongo a la Escuela del Arsenal. No cuántos se anotaron. Cuántos salieron capaces de hacerlo sin nadie que los supervise. Es una vara incómoda porque no se puede exagerar en un informe: o la persona puede sola, o no puede.

Para usted

Si tiene dieciocho años: la orientación técnica en datos paga antes que cualquier otra cosa que pueda estudiar en dos años, y no le cierra la puerta de la universidad.

Si vive afuera: no espere el programa. Elija una universidad o una empresa argentina y abra una puerta por año. Con eso alcanza.

Si tiene una empresa: un tutor pago dentro de su empresa durante dos años le cuesta menos que un año de búsqueda de un perfil que no aparece.

Si es rector o decano: pida a sus egresados en el exterior una hora por año, por videollamada, para sus alumnos. Es la forma más barata de conectar su facultad con el mundo.

La propuesta de este capítulo: el Arsenal de Capital Humano: la Escuela del Arsenal y la Red de Retorno

Adentro, la Escuela del Arsenal, cuatro piezas con una sola autoridad responsable. Primera, un núcleo de matemática actualizado, con lógica, estadística, probabilidad y álgebra lineal, y un programa nacional de formación docente pago y con puntaje, acordado con las provincias.

Segunda, trescientas escuelas técnicas con orientación en datos e inteligencia artificial aplicada, en régimen dual, con convenio marco firmado con las cámaras del software, la energía y el agro, y con un tutor pago dentro de la empresa. Las prácticas profesionalizantes ya existen en la normativa argentina; no hace falta ley nueva.

Tercera, una regla única de propiedad intelectual para las universidades, igual para todas, que diga quién es dueño, cómo se reparte y en cuánto tiempo se resuelve.

Cuarta, horas de cómputo asignadas a la docencia y a las tesis, no solo a la investigación: la supercomputadora Clementina XXI, instalada en el Servicio Meteorológico Nacional, abrió su uso al sector productivo en julio de 2026. Falta un cupo fijo de horas concursadas para estudiantes.

Afuera, una Red de Retorno que no pida volver. Un registro voluntario de argentinos en el exterior que trabajen en tecnología, energía, ciencia y finanzas, con una sola obligación: una puerta abierta por año. Una presentación, una entrevista, un cliente, una beca. Con un tablero público que cuente las puertas, no las personas.

La prueba a doce meses: que el núcleo de matemática esté publicado y adoptado por al menos diez provincias. Que las primeras veinte escuelas técnicas tengan la orientación funcionando, convenio firmado y una línea de base medida, para que las trescientas a tres años se abran solo si esas veinte superan las metas. Que la regla de propiedad intelectual esté acordada con las universidades y adoptada por las primeras. Que exista el primer llamado de horas de cómputo para docencia. Y que el registro de la Red de Retorno esté abierto con su tablero de puertas. Cualquiera de las cinco se puede abrir en internet el día que exista.

Cierre

En marzo de 2029, un chico de una escuela técnica de Cutral Có cursa el último año con orientación en datos, hace la práctica en una empresa a veinte minutos de su casa. Sale con un título que en Neuquén, en Córdoba y en Bahía Blanca significa lo mismo. Su profesora de matemática hizo el programa nacional, cobra más por haberlo hecho y sigue en el aula. Una ingeniera argentina que vive en Austin le abrió, por videollamada, la primera entrevista. Ninguna de esas cosas existe hoy. Cuando existan, van a estar a la vista de cualquiera.

Es lo que el Instituto de Cálculo no tuvo en 1966: un hilo que no se cortara cuando la gente se fue.

El chico que hoy termina una escuela técnica en Añelo o en Berazategui no tiene que emigrar para trabajar en lo mejor del mundo. Lo mejor del mundo puede instalarse a cuarenta kilómetros de su casa, y él puede ser el que lo opera. Eso no es un deseo: es lo que pasó en Hsinchu, en Bangalore y en Dublín con gente que no era más inteligente que él. Lo que tenían era un país que decidió que quedarse valiera la pena. Esa decisión cuesta menos que un solo año de fuga de talento, y se toma con las leyes que ya existen.

Máxima del Nuevo Cruce

Un país no pierde a los que se van. Pierde a los que dejó de llamar.

Para que usted responda

  1. ¿Cuántos de los chicos que usted conoce terminaron la secundaria pudiendo leer un gráfico y estimar un orden de magnitud?
  1. ¿Qué escuela técnica hay a menos de treinta minutos de su casa, y qué enseña hoy?
  1. Si usted tiene una empresa, ¿cuántas horas por semana podría poner un empleado suyo para tutorear a un estudiante de escuela técnica?
  1. ¿A quién conoce que viva afuera y podría abrir una puerta por año? ¿Qué puerta le pediría?

Texto de El Nuevo Cruce, edición digital de lectura. Ver la página principal del libro.

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Audio, video, presentación, infografías, mapa mental y materiales de estudio

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Capítulo 8 · 24,2 min

El talento que se va y el que vuelve

Resumen breve de NotebookLM · 1:07

Talento que vuelve con propósito

Cómo transformar formación, experiencia y diáspora en capacidad acumulada.

Materiales de estudio

Guía y actividades

Guía de lectura, tarjetas, cuestionario y tabla del capítulo 8.

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Infografías de este capítulo

Infografía 18: La pendiente que no se puede aceptar: PISA, de 2006 a 2025, y la meta para dar la vuelta
Infografía 18 · La pendiente que no se puede aceptar: PISA, de 2006 a 2025, y la meta para dar la vueltaAbrir en tamaño completo ↗Fuente: waroftheecosystems.com
Infografía 19: El programa de retorno alcanzó al uno por mil de la diáspora
Infografía 19 · El programa de retorno alcanzó al uno por mil de la diásporaAbrir en tamaño completo ↗Fuente: waroftheecosystems.com
Infografía 20: El embudo del talento: dónde se pierde y cuánto se recupera
Infografía 20 · El embudo del talento: dónde se pierde y cuánto se recuperaAbrir en tamaño completo ↗Fuente: waroftheecosystems.com

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Herramientas para trabajar el capítuloGuía, tarjetas que giran, cuestionario y tabla.4 recursos

Materiales de estudio de Capítulo 8. El talento que se va y el que vuelve

Cuatro materiales de estudio para comprender, practicar, verificar y reutilizar las ideas del capítulo.

Vista previa: Guía de lectura

Guía de lectura

Resumen, tesis, preguntas y referencias para trabajar el capítulo.

Vista previa: Tarjetas de repaso

Tarjetas de repaso

Tarjetas de pregunta y respuesta para repasar los conceptos centrales.

Vista previa: Cuestionario

Cuestionario

Actividad de comprensión con respuesta abierta y referencia para comparar.

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Tabla de secciones

Secciones, evidencia textual y fuente de cada tramo del capítulo.

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  1. 01Capítulo 1. ¿Por qué ahora?
  2. 02Capítulo 2. Las piezas sobre la mesa
  3. 03Capítulo 3. Energía abundante no es energía útil
  4. 04Capítulo 4. Del anuncio a la realidad
  5. 05Capítulo 5. Alojar no es ser dueño
  6. 06Capítulo 6. De la energía a la inteligencia
  7. 07Capítulo 7. Las reglas del juego
  8. 08Capítulo 8. El talento que se va y el que vuelve
  9. 09Capítulo 9. Seis columnas, seis misiones
  10. 10Capítulo 10. Chacabuco primero
  11. 11Capítulo 11. Nodo del mundo hispanohablante
  12. 12Capítulo 12. Las siete decisiones
  13. 13Capítulo 13. La orquesta, el equipo y el portaaviones
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